El templo actual, inaugurado en 1942, es el heredero de una historia que comenzó en el siglo XVI y que quedó marcada para siempre por el incendio de 1936
La Iglesia de El Salvador ocupa hoy uno de los lugares más reconocibles del casco de La Matanza de Acentejo, pero el edificio que actualmente preside la plaza no es el mismo templo que durante siglos acompañó la vida de los vecinos del municipio. Su historia se remonta al siglo XVI y está estrechamente vinculada al propio nacimiento y desarrollo de La Matanza como comunidad.
Los primeros antecedentes se encuentran en una ermita levantada durante la primera mitad del siglo XVI. Con el paso de las décadas, aquel pequeño templo fue adquiriendo mayor importancia hasta convertirse en el centro religioso de una población que terminaría separándose de la jurisdicción de El Sauzal.
Uno de los momentos fundamentales llegó en 1614, cuando el obispo Antonio Corrionero convirtió El Salvador en curato independiente de El Sauzal. Un año después, en 1615, la iglesia pasó a tener carácter parroquial y se colocó el Santísimo Sacramento. Aquella decisión tendría una enorme trascendencia para la historia local, ya que los límites de la nueva parroquia quedaron establecidos entre los barrancos de Cabrera y Acentejo, coincidiendo aproximadamente con los límites que posteriormente tendría el municipio.
La parroquia celebró en 2015 sus 400 años de historia, una efeméride que permitió recuperar documentos, investigaciones y parte de la memoria relacionada con uno de los edificios religiosos más importantes de La Matanza.
Durante los siglos XVII y XVIII el templo fue creciendo y acumulando patrimonio. Entre aproximadamente 1660 y 1670 experimentó importantes ampliaciones y llegó a disponer de varias naves, capillas y un patrimonio artístico de considerable valor.
Pero gran parte de aquella historia desapareció en la madrugada del 26 de junio de 1936, cuando la antigua Iglesia de El Salvador fue incendiada.
El incendio se produjo en un momento especialmente convulso de la historia de España, apenas unas semanas antes del comienzo de la Guerra Civil. Las autoridades iniciaron una investigación y varias personas fueron señaladas como responsables. Sin embargo, las investigaciones históricas realizadas posteriormente muestran que la autoría y las circunstancias del incendio son bastante más complejas de lo que durante décadas transmitió el relato tradicional.
Entre los acusados figuraron varios vecinos relacionados con el movimiento anarquista. Uno de ellos fue Feliciano Pérez Jorge, conocido como “Raimundo el Matanza”, quien posteriormente sería condenado a muerte y fusilado por otras causas, pero que, según la documentación estudiada, fue absuelto del delito concreto relacionado con el incendio de la iglesia.
Otro de los nombres vinculados al caso fue Julio Trujillo Castillo, “El Guirre”, cuya historia posterior quedó también ligada a la persecución política de aquellos años.
La investigación académica sobre el episodio ha puesto de manifiesto que el incendio fue posteriormente utilizado dentro del clima político y represivo de la Guerra Civil, por lo que la versión tradicional de que la iglesia fue simplemente quemada por un grupo de anarquistas debe ser contemplada con cautela.
El fuego destruyó buena parte del patrimonio que había acumulado la parroquia durante varios siglos. Entre las piezas desaparecidas se encontraban antiguas imágenes de El Salvador y Nuestra Señora del Rosario, además de otras esculturas, pinturas, elementos litúrgicos y partes del propio edificio.
Una de las piezas perdidas era una antigua imagen de El Salvador fechada en 1616, mientras que también existía una Inmaculada Concepción de 1671. La antigua iglesia contaba además con elementos arquitectónicos de tradición mudéjar y otras obras que hoy solo pueden conocerse a través de documentos, fotografías y estudios históricos.
El incendio no significó inmediatamente la desaparición del edificio. El entonces párroco, Juan Jesús Amaro Díaz, se resistió inicialmente a aceptar su derribo porque, pese a la gravedad de los daños, los muros de la iglesia todavía permanecían en pie. Durante un tiempo incluso continuó celebrando misa en la capilla mayor del templo incendiado.
Sin embargo, finalmente se decidió que las ruinas no serían restauradas. En 1938 comenzó el proceso para derribar los restos de la antigua iglesia y levantar un nuevo templo.
La reconstrucción contó con la colaboración económica de los vecinos y estuvo vinculada al arquitecto Enrique Rumeu de Armas. El resultado fue el edificio que conocemos actualmente, un templo de tres naves y planta de cruz griega, con dos torres de base cuadrangular.
La nueva Iglesia de El Salvador fue inaugurada el 19 de marzo de 1942, convirtiéndose desde entonces en uno de los principales símbolos arquitectónicos y religiosos de La Matanza.
Las imágenes que hoy ocupan el lugar central del templo tampoco son las que existían antes del incendio. Las actuales representaciones de El Salvador y Nuestra Señora del Rosario llegaron en 1941 desde un taller barcelonés, un año antes de la inauguración del nuevo edificio.
Entre el patrimonio que sí conserva la parroquia destaca especialmente una Virgen de Guadalupe de origen novohispano, vinculada a México y firmada por Lorenzo Zendejas, pintor de Puebla de los Ángeles fallecido en 1830. La historia de cómo esta obra llegó hasta La Matanza tampoco está completamente esclarecida y constituye uno de los episodios más singulares del patrimonio artístico de la parroquia.
Otro elemento relacionado directamente con la tragedia de 1936 es la pila bautismal. La documentación conservada en la iglesia recuerda que la antigua pila fue destruida por las llamas. La actual fue donada en 1960 por los descendientes de Antonio Fernández del Castillo y Anchieta.
Pero si existe un patrimonio especialmente importante que ha sobrevivido al paso del tiempo, ese es el archivo parroquial.
Los fondos de la parroquia contienen documentación que se remonta a 1615, lo que supone aproximadamente cuatro siglos de registros vinculados a la vida de La Matanza. Bautismos, matrimonios, defunciones y otros documentos permiten reconstruir buena parte de la evolución social del municipio desde la Edad Moderna.
En este sentido, la Iglesia de El Salvador no puede entenderse únicamente como un edificio religioso. Su archivo constituye una de las fuentes documentales fundamentales para conocer la historia de La Matanza de Acentejo y de las generaciones que han vivido en el municipio durante los últimos cuatro siglos.
La importancia histórica del templo también ha sido objeto de investigaciones universitarias. Entre ellas destaca el trabajo del historiador Jonás Armas Núñez, de la Universidad de La Laguna, dedicado específicamente a las actuaciones realizadas después del incendio de 1936 y a la desaparición del patrimonio de la antigua iglesia.
La investigación demuestra que, tras el incendio, existió un debate sobre qué hacer con los restos del templo y sobre la conservación de su patrimonio. La decisión final de derribarlo y construir una iglesia completamente nueva supuso, en la práctica, la desaparición de uno de los edificios históricos más importantes de La Matanza.
La historia de la Iglesia de El Salvador está además íntimamente ligada a la propia configuración del municipio. Durante siglos, el templo y su entorno fueron un espacio central de la vida comunitaria. La plaza situada delante de la iglesia continúa siendo uno de los principales escenarios de las celebraciones de El Salvador y Nuestra Señora del Rosario, las fiestas patronales de La Matanza.
Incluso el espacio que hoy rodea al templo ha cambiado profundamente con el paso del tiempo. El antiguo cementerio municipal estuvo situado junto a la iglesia durante buena parte del siglo XIX y las primeras décadas del XX, hasta que fue trasladado y el espacio terminó transformándose en la plaza que conocemos actualmente.
Casi noventa años después del incendio, la Iglesia de El Salvador sigue siendo, por tanto, mucho más que el edificio inaugurado en 1942. Bajo sus muros se encuentra la memoria de una parroquia nacida hace más de cuatro siglos, el recuerdo de un templo desaparecido y la historia de un patrimonio artístico que en gran parte se perdió en una sola noche.
La Iglesia que hoy ven los vecinos es relativamente joven, pero la historia que representa comenzó hace más de 400 años. Y buena parte de esa historia permanece todavía en documentos, archivos y estudios que permiten reconstruir lo que ocurrió antes y después de aquel 26 de junio de 1936, una fecha que cambió para siempre el patrimonio religioso y la memoria histórica de La Matanza de Acentejo.

